Comer es un acto político. Producir comida, un acto revolucionario.

José Luis García Valero

¿Servirá para algo esta cuarentena?

Quisiera provocarlos un poquito: El can doméstico es 80% lobo, eso dicen los etólogos. Si desaparecemos de la faz de la tierra, perecerán los caniches, los bulldogs, las razas ultra modificadas, los demás volverán a ser lobos. Los humanos solemos ufanarnos de que nuestras mascotas son felices en nuestra compañía, comiendo desperdicios o croquetas. ¿Recuerdan al Tío Tom en su cabaña, esclavo colonizado que renunció de buen grado a su libertad originaria y se convirtió en un “negro bueno”?

¿Pensemos un poco en nosotros mismos, población mestiza, colonizada a fondo a lo largo de medio milenio, ¿qué porcentaje de nuestro yo original conservamos los mestizos del Siglo XXI? Profundamente colonizados, renunciamos, incluso sin conocerla, a la mejor parte de nuestra identidad, creyéndonos occidentales, queriendo, aspirando a serlo. ¿Cuánto de lobo quedará en nosotros? Si el Occidente judeo – cristiano precipita su crisis terminal y colapsa, ¿seremos capaces de volver a ser nosotros? La Historia, esa que repetimos fatalmente por desconocerla, nunca da marcha atrás. ¿Seremos capaces de imaginar y construir algo nuevo, sobre las ruinas de un pasado atroz?

Encerrados como tantos estamos; trabajando contra viento y marea para juntar “p’al chivo” muchísimos más. Nunca como ahora depende de nosotros, podemos dejarnos llevar por la histeria y el pánico con los que quieren infectarnos la tele, los periódicos y muchas redes sociales. Podemos también «sentipensar» un poco por nosotros mismos y poner por delante lo que en verdad importa que es bien poco: vivir, convivir, comer, beber, tener un nido donde recuperar ánimo y fuerzas, aprender, amar y ser amados.

Acosado por las mil formas de violencia, física y mediática, nuestro propio cuerpo es el primer territorio a defender, de ello se desprende el impostergable imperativo político de defender el nido, el hogar, la familia, el clan, el barrio, el poblado, el paisaje cultural y geográfico que son, en resumidas cuentas, lo que nos da sustento, identidad, motivo y razón de ser; porque los humanos somos aquí y ahora y somos siempre en grupo, en bola, en comunidad, seres sociales. Cuando nos quedamos solos y aislados estamos, de facto, muertos, vacíos, carentes de sentido.

El rousseuniano pacto social y su pretendida criatura, el Estado de Derecho, si alguna vez lo fue, Dios sabrá desde hace cuánto tiempo, dejó de ser garante y salvaguarda de eso que somos, y se convirtió en nuestro enemigo; en orwelliano Leviatán opresivo, que aspira a controlarlo todo. En estos tiempos neoliberales, post modernos y en medio de un confinamiento que parece no tener fin por la pandemia de COVID-19, casi lo logra.

¿Qué espera a los humanos confinados en las grandes ciudades, sepultados como han estado viviendo, a mitad de un mar de asfalto sin orillas, respirando miasmas, polvo y humo de hidrocarburos y otros venenos, lejos de cualquier cosa que se pueda comer, dependientes ciento por ciento de lo que puedan encontrar y adquirir en tiendas y supermercados? Peor aún, ¿qué espera a los migrantes que huyen del terror, la muerte y el hambre, qué a los millones de hermanos que sobreviven en calles y plazas, sin techo, bajo los puentes, en drenajes y portales o hacinados en construcciones precarias de lámina y cartón o, si son privilegiados, en viviendas de “interés social” de 28 metros cuadrados de construcción?

Porque lo han visto y lo saben, los campesinos dicen, y dicen con razón: “no somos pobres, somos campesinos, sabemos producir comida para comer”. Tachados de atrasados, mal vistos por gobernantes, burócratas, políticos e intelectuales, las y los campesinos viven pegados a la tierra, producen los alimentos que comen, sanan sus dolencias con hierbas del campo, habitan viviendas que, cuando no han sido arrasadas o deformadas por el mercado del cemento y el block, son hermosas, gratas y adecuadas a cada clima y cada paisaje, cálidas en invierno, frescas en verano; las familias conviven y los chamacos retozan en patios y corrales de tierra, rodeados de aperos de labranza, gallinas, guajolotes, cochinos, cabras, perros y gatos, también de moscas, mosquitos, garrapatas, todo hay que decirlo.

Sin romantizar la vida campesina, lo cierto es que las comunidades rurales viven bien, a su aire, a su gusto. Los problemas comienzan cuando irrumpe la modernidad urbana, el “bien pensar” clasemediero y les inocula aspiraciones ajenas a su cultura, arraigo e identidad. El asunto da para largos debates. Por ahora , aquí lo dejo.

Ignoro si los dueños del dinero seguirán imponiendo su interés. En ese caso, seguiremos a tambor batiente rumbo al despeñadero, a la extinción de nuestra especie, no sin antes llevarnos de encuentro a muchas otras especies, es y será la Sexta Extinción de que se viene hablando desde hace años.

Si, por el contrario, el frenazo de esta cuarentena nos hace reflexionar y cambiamos de rumbo hacia una rápida y radical reconversión energética, hacia una producción y consumo de kilómetro cero, a una vida austera, austera de verdad, sin viajes en avión, sin automóviles, sin ordenadores ni celulares, sin gadgets, sin bisuterías ni maquillajes, sin vestuarios de moda, hacia una vida lenta, local que nos recuerde y reproduzca de manera creativa la vida tal y como fue antes de la Revolución Industrial, entonces iremos descubriendo, como empezamos a hacer en esta cuarentena, qué es lo que en verdad importa: un techo, comida, compañía y abrigo, poco más.

No son pocos los que en diversos lugares del planeta y desde hace décadas, buscamos y nos preparamos para una vida conforme a ese modelo. La idea consiste en adaptarse gradualmente lo más respetuosamente que sea posible, al entorno natural donde vive cada grupo o persona. Lejos de querer conquistar, transformar y colonizar la tierra, el objetivo es fundirse con ella, asimilarse, conscientes de que somos únicamente una especie más en la cadena alimenticia y, ciertamente, no la más apta para sobrevivir en la naturaleza con nuestros propios medios naturales: dos brazos, dos piernas, dos ojos, dos orejas, una nariz e inteligencia y emoción.

La Humanidad, leí recientemente, apenas somos el 0.01 % de la biota terrestre y, pese a ello, nuestra arrogante vanidad, alimentada por la cultura occidental judeo cristiana, que pretendió colocarnos en la cima de la creación. nos ha convertido en un peligro mortal para el planeta y para todos sus habitantes. El bíblico mandato “creced y multiplicaos, enseñoread la Tierra y dominadla”, en caso de que haya sido bien traducido del Arameo original, está a punto de dar al traste con la vida.

Aterrizado estas ideas a nuestro tiempo, digamos que del Siglo XV para acá, Europa primero, los Yankees después y parece que ahora China se enseñorean del mundo, cueste lo que cueste, todo ello al servicio del dinero, de un consumo que, a la postre, sólo genera basura y destrucción.

Rectificar el rumbo o perecer, ése es el dilema. Lo tomamos o lo dejamos.

Ya en los años setenta del siglo pasado, el Club de Roma alzó su voz de alarma. Que yo sepa, este grupo fue el primero en proponer que pusiéramos límites al crecimiento. El razonamiento básico es bien simple: en un planeta finito, el crecimiento no puede ser infinito. En ese entonces, nadie, absolutamente nadie lo escuchamos, ricos y pobres, capitalistas y adeptos al “socialismo realmente existente”, jóvenes y viejos, con ánimo de hacer fortuna, o de atemperar desigualdades e injusticias, todos estábamos empeñados y ciegos en una carrera hacia el progreso que, malamente, equiparábamos con crecimiento económico y con generación de PIB. Y aquí estamos, apanicados por un virus zoonótico, con el colapso medioambiental encima y al borde del precipicio.

Hoy en día el reto es mucho más claro: bajar radicalmente la emisión a la atmósfera de gases de efecto invernadero, es decir, abatir la quema de carbón e hidrocarburos, renunciar a la apuesta por las energías fósiles, invertirle a una reconversión energética hacia fuentes no contaminantes. Sin hacerse ilusiones, ninguna combinación de energías limpias podrá sostener el enloquecido despilfarro energético al que nos hemos acostumbrado. Si queremos vivir y si esperamos que nuestros hijos y nietos puedan seguir viviendo, tendremos que aceptar que la energía disponible se destine a los servicios básicos de salud, seguridad y saneamiento. Adios climas y calefactores, adios vehículos privados, adios vuelos de placer o negocio. 

Podemos optar por una vida muy local, lenta, austera, justa y solidaria, renunciar a la competitividad y descubrir el potencial de una cultura colaborativa. Podemos hacerlo, pero también podemos seguir apostando por «el capitalismo realmente existente» y, tarde o temprano, desaparecer de la faz de la tierra.

Una experiencia concreta.

El Chuzo buscando ser sostenible en el semidesierto.

Lo que sigue es la crónica familiar de una búsqueda a tanteos en torno a esta visión. Después de una larga estancia que comenzó al terminar su bachillerato; primero en Israel y después en Europa, donde aprendió un poquito de casi todo: aborrecer a los sionistas, simpatizar con el pueblo palestino, ordeñar vacas, cultivar vid y olivo, producir quesos, yogures y vinos, reconstruir viviendas del siglo XII, vivir de Okupa, rescatar víveres en los vertederos de los supermercados, vagar libre de aquí para allá, y seguro algo más, Bernardo regresó, con 22 años encima, a una propiedad familiar, El Chuzo de 24 hectáreas, casi sin agua, a las afueras de la cabecera municipal de General Cepeda, en el sureste coahuilense, (parte del Desierto Chihuahuense), y ahí comenzó una nueva vida y la experiencia que me propongo sintetizar y compartir.

¿Cómo vivir y cómo restaurar la vida natural en unas tierras considerablemente erosionadas por años de abandono, sólo con el agua de lluvia en caso de que llueva y con media pulgada de agua de pozo que, después de muchos años de trabajo, se equipó, primero con un papalote y más tarde con un par de celdas solares y una bomba sumergible? Para quienes viven en el medio urbano, media pulgada de agua es, poco más o menos, lo que sale en la llave del lavabo o fregadero de su casa.

Ensayo y error, ensayo y acierto, aprender haciendo y metiendo la pata, primero estuvo el libro de Seymour muy amigable y bello, pero completamente inadecuado para el desierto, después Fukuoka y su “labranza cero”, también poco adecuado por la falta de agua, finalmente llegaron los libros de Bill Mollison, el australiano que, sobre la base de los anteriores y otros muchos, configuró el concepto de “Permacultura”, agricultura permanente. No voy a aburrirlos con detalles, baste decir que Mollison propone comenzar observando el paisaje para después diseñar tu proyecto imitando lo que viste, confundiéndote con el paisaje que te rodea, no luchando contra él, ni pretendendiendo conquistarlo, colonizarlo, transformarlo.

Y por ahí ha seguido el trabajo incansable, ahora de toda la familia, padre, madre y dos hijos, éstas son las tareas que llenan el día, los meses y los años:

1. Restaurar el suelo, formando curvas de nivel con nopales, magueyes, mezquites huizaches, ramas, basura orgánica y piedras, es decir, con lo que hay. Objetivo: frenar la velocidad del agua cuando llueve, retener el suelo orgánico, frenar la erosión, recubrir el suelo erosionado con una nueva capa de tierra vegetal, viva, viviente, recuperar la flora y la fauna endémicas.

2. Muy de la mano con la tarea anterior, reforestar con especies locales que se arraigan pronto y prosperan en la casi permanente sequía: una vez más agaves, nopales, palmas chinas, biznagas, pitayos, mezquites, huizaches, granjenos y palo blanco, favorecer la formación de macoyas de pasto, no sobrepastorear. Plantar un espacio pequeño, cerca del pozo, con unos cuantos frutales acriollados de chabacano, ciruelo, durazno, higuera, granado, olivo y nogal, aunque éste último quiere mucha agua.

3. Trabajar de manera convencional, como hacen los ejidatarios vecinos, un par de hectáreas para tener en verano maíz, sorgo, frijol y calabazas de casco; y en invierno plantar trigo, avena o cebada para forraje. Cruzar los dedos para que llueva, dejar que las tierras se empasten para que, llueva o no, haya comida para las reses y las yeguas.

4. Trabajar unos 15 cuadros todavía más pequeños, digamos que de 2 o 3 metros cuadrados cada uno, para acolcharlos con suelo vegetal, composta y lixiviado de lombricomposta. Estas camas biointensivas nunca se pisan, nunca se voltean con arado, sólo se desmenuzan los terrones, es un laborioso trabajo a mano que respeta las capas de seres vivos que ahí viven de manera natural. Digamos que la tierra de cultivo recuerda un pastel de mil hojas o un edificio de varios pisos. En cada nivel viven diferentes especies de microorganismos, voltear la tierra, significa matarlos. De ese huerto familiar salen, conforme a las estaciones: calabacitas, jitomates, ajos, cebollas, berenjenas, alcachofas, espárragos, poros, lechugas, espinacas, acelgas, betabeles, rábanos, nabos, zanahorias, ejotes, habas, ajonjolí, hierbas medicinales y de olor: caléndula, lavanda, salvia, menta, romero, estafiate y muchas más.

5. Criar un par de vacas y un par de yeguas para tener de leche y hacer quesos, jocoque y yogur y para tener diversión sin sobrepastorear la tierra; criar dos o tres cerdos para que aprovechen los restos de la comida y tener carne limpia y sana para comer y para preparar embutidos: chorizo ranchero, pate, morcilla y para ahumar tocino, hacer carnitas y chicharrones. Cuando hay borregos puede hacerse barbacoa y consomé. El asunto es nunca sobrecargar la tierra con más animales de los que pueda sostener sin deforestarse ni erosionarse.

6. Constuir con materiales locales, piedra, tierras, ramas, pencas de maguey, quiotes (tronco de la inflorecencia del maguey), materiales de demolición, con objeto de bajar el impacto ambiental tanto como se pueda, abatir el consumo de materiales industriales, contribuir a la derrama económica local, revalorar la arquitectura vernácula de tierra y adobe y contribuir al rescate del paisaje ranchero del semi desierto.

7. Ofrecer talleres de bio construcción con tierra, horticultura biointensiva, elaboración de quesos, nixtamal, tortillas, pan casero, jabones, unguentos y remedios con yerbas de la región.

8. Propiciar encuentros para el intercambio de saberes y la búsqueda comunitaria de vías de acción para contribuir al fortalecimiento del tejido social comunitario, el arraigo y la identidad campesina, para incidir en la búsqueda de soluciones a problemas concretos de las comunidades y mostrar de manera práctica, a quienes visitan El Chuzo que no sólo es posible una vida austera y respetuosa del medio ambiente y la comunidad; sino que es muy grato y retador.

Algunos preguntarán ¿cómo se hace todo esto sin capital? La economías, chicas o grandes, a la postre, se mueven con trabajo, no con capital. Así que El Chuzo avanza con un buen de trabajo, paciencia, tolerancia a la frustración, ganas de vivir bien y con lo que sale de ofrecer talleres y de vender quesos, yogur, chorizo, un poco de carne fresca, mermeladas, jarabes de hierbas, cremas y aceites aromáticos y semillas orgánicas de hortaliza.

Ignoramos qué nos espera tras esta reclusión, pensamos que suceda lo que suceda, la gente seguirá necesitando comida. Producirla sin lastimar a la Madre Tierra es una acción recolucionaria, poner a disposición de quien pida los conocimientos indispensables para producir, aunque sea una parte de sus alimentos, puede ser un acto liberador y de justicia que, ciertamente, no emprenderán las autoridades.

2 thoughts on “Comer es un acto político. Producir comida, un acto revolucionario.

  1. Una experiencia que además de mostrar resultados resulta conmovedora. La conozco personalmente y es muy Faustina a la de aquellos lugares donde siempre hay agua. Lo que marca la diferencia: el esfuerzo es mayor. Felicidades

  2. Maravilloso. Es un texto que expresa una síntesis de lo que somos, lo que podríamos ser y lo que quizás seamos. Se trata de una crítica seria, bien escrita, lógica, argumentada. Un artículo que deberían leer todos, aún lo que seguramente estará en contra, pero que les hace falta conocer otras direcciones, ideas, referencias. Me gustó mucho.

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