El caudillo de noche

Ricardo Balderas 

Las primeras luces de la mañana no son las del sol, menos en enero. Son sirenas cegadoras las que constantemente dibujan, silueta por silueta, la estructura de esta diva en decadencia. Es una disco-bar, ubicada en las entrañas de uno de los barrios más antiguos de Guadalajara, que en sus mejores años, fue conocida como: “la Perla del Occidente”.

Del aquel lugar, nadie quiere saber especificidades, nadie pide explicaciones. Ahí se llega a deshoras, cuando las puertas de los otros restaurantes y centros nocturnos están cerrados, se llega en absoluto estado de ebriedad. No hay otro modo de llegar. Las luces parpadeantes, la cerveza caliente y el penetrante olor de mingitorios usados, no hace tregua a la sobriedad. 

Sobre el -o los- dueños, es menos probable que alguien quera hablar. Más allá del ya conocido pero poco verificable: “Son de un importante narcotraficante”, no se puede esperar más. Todos los meseros visten uniformes negros y los espectáculos varían entre las imitaciones involuntariamente cómicas de actrices de los noventas del siglo pasado y la sobreexposición de cuerpos al desnudo. 

Nadie parece incomodarse de los posibles casos de trata de personas, explotación sexual o del sujeto, que apuntado a una bolsa en su cintura, te pregunta sin ningún reparo si quieres: “perico para seguir la fiesta”.

Los negocios aledaños, también son garitos de pocos pesos y su clientela muchas veces la misma. Un puñado de nómadas, que tras el exilio de una sociedad conservadora y violenta, fincan sus santuarios en cualquier trinchera, con permiso (legal o no) de trabajar hasta las seis del día siguiente. Así llegó Anahí, expulsada y “presuntamente” ebria.

Última publicación, 17 de enero a las 21:55. —Se me ha metido el diablo—, escribió en Facebook, Anahí Tapia Llamas. Y el diablo la escuchó. 

En la madrugada siguiente, el cuerpo sin vida de una mujer de género era arrastrado de los oscuros pasillos de aquel lugar, a las orillas de una calle adoquinada. Los poco más de binarios bits de la discoteca, el bullicio del estado etílico y el estruendo de las copas, ahogaron el sonido de un revólver nueve milímetros. 

Las reacciones: 122 likes, 44 comentarios y 18 veces compartida. Todos en el muro de Anahí se lamentan y preguntan ¿Por qué? Son las 12:03 a.m, Diana Carrillo lo sabe. 01:10, Valeri también. A las 02:00, prácticamente todo su círculo cercano sabe del transfeminicidio. 

El 30 de enero a las 14:18, Anahí recibió su última despedida —Ojalá se esclarezca y paguen los malditos asesinos— (sic).

Aún era la madrugada del 1 de enero. Ahí, con coágulos de sangre en el abdomen y la identidad violentada, fue encontrada sin vida, Anahí Tapia, mujer de género, aparentemente de 23 años de edad. “Un hombre vestido de mujer”, dijeron los peritos y algunos periodistas, a quienes los años les comieron las ganas.

De acuerdo a las primeras investigaciones policiacas, Anahí Tapia recibió dos disparos en el tórax. La pólvora a corta distancia le arrebató el aliento casi de inmediato. 

Aquí hay un infierno con olor a isopropilo que Dante dejó pasar de entre sus páginas. Desde hace tres meses una mujer de género trabaja haciendo en ocasiones de Rocío Durcal otras de Amanda Miguel. Ella dice que las actrices le recuerdan a su madre, se llama Rafaella, se presentó así, con doble “l” y con voz de Marco Antonio Solís.

Rafaella conoció a Anahí, reconoció cuando le pregunté si no tenía miedo por el cuerpo recientemente encontrado. Respondió que no. 

Cuenta que a Anahí le gustaba salir de fiesta, y que unos clientes del bar, la mayoría jóvenes que no pasaban de los 30 años, le ofrecieron asistir a una reunión privada. 

Sus anfitriones eran presuntamente del sicariato, clientes frecuentes de aquel congal, a quienes los meseros y las actrices debían de atender por órdenes de alguien tan temido que su nombre era lo que menos preocupaba.

–Eran tres los que se la llevaron. Yo nunca acepto invitaciones por que sé a lo que me atengo. A Anahí le gustaba la fiesta, ése era su error. Dicen que todo iba tranquilo, que la pasearon y que le invitaron todo el alcohol que quizo, pero ya en la noche, ella quería seguir en la fiesta y dicen que les robó la cartera a uno de ellos. Por eso la mataron. Pero no podemos saber. 

–¿Tienen algún método de cuidado entre ustedes?

–La verdad, no. Nos conocemos todas, pero cuando pasa una cosa de estas no podemos saber. Invítame una cerveza.

Y la cerveza llegó después que las versiones oficiales de la policía:

—Hubo una riña, al interior del establecimiento, Caudillos disco-bar, en el 407 de la calle Prisciliano Sánchez y calle Ocampo. Una persona resultó muerta. En el mismo lugar se muestran las evidencias, las muestras del arrastre de un cuerpo sin vida hasta la baqueta. Y ahí, abandonada sin identidad y sin vida, los policías dan lugar: «que el asesinato fue dentro del establecimiento», comentan en el informe.

—Las autoridades municipales también señalan que se puede tratar de conflictos relacionados con el narcomenudeo. 

Jamás presentaron pruebas de esas acusaciones. La fiesta siempre sigue, ellos y su ignominia, estarán condenados a bailar eternamente.

La fanpage del Caudillos Disco-bar tiene 14 mil 945 “me gusta”. Ha pasado poco menos de un mes del asesinato y, en el sitio web, anuncian oficialmente que el establecimiento “ya está abierto”. —Y sí, el demonio apareció, nunca hay que invocarlo—, comentó Nancy Calderón, amiga de Anahí.

–¿Y tú? Por qué haces tantas preguntas ¿No serás policía, verdad?

–No. ¿Quieres otra cerveza?

–Sí. Por Anahí.

Nadie intentó quitarme la cartera. Nadie estaba armado, había drogas pero no narcotraficantes, los policías que fueron asignados al sector detenían a transeúntes alcoholizados, y de nueva cuenta, las primeras luces de esa mañana, no fueron las del sol.

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