El rey de las tinieblas

Ricardo Balderas

Cualquier persona sentiría temor de ver una figura aparecer entre la oscuridad, no es el caso de Rafael. El gélido viento se materializaba frente a sus labios mientras con humo de tabaco decía —El único baño del lugar está al final del recorrido—. Rafael tenía un laberinto de poliuretano translucido frente a él. Hule a carne con sudor y estaba dispuesto a pasar por ahí. 

La música suena tan fuerte que podría aturdir a un minotauro. No es Dédalo tampoco es Ícaro; son Rafael y Benjamín los que caminan y no vuelan. Tampoco hay toros, ni sacrificios; aunque bajo esas tinieblas y espacios, sí podría. Rafael avanza los primeros 15 pasos, se presenta con alguien y dice: —Él es mi amigo Benjamín—, sigue caminando. 

De la oscuridad aparece un buen candidato para representar a minos de Creta que los griegos dibujaron y esculpieron. Un hombre fornido, velludo, lento, de piernas gruesas que usa un arnés, y aunque la luz es poca, se puede saber que tiene poca ropa puesta. En sus manos sujeta una correa de cuero atada a su cuello, nadie hala de ella.

—Es un oso canadiense y viene todos los veranos, siempre vestido así—, le dice Rafael a Benjamín. El baño aún no aparece, sólo hay manos, mascaras, pies, columpios, penes, regaderas, latigazos, gemidos. Dan vueltas en círculos. 

Ahora Rafael camina solo, hace un par de manos que Benjamín dejó de buscar el sanitario. Continuó su recorrido, y frente él, una luz morada indica el lugar donde instalaron los orinales. Aquello cambió el aroma, ahora huele a humanidad y a sus desechos. A falta de espacio, ya afuera del laberinto de plástico, las apariciones continúan. 

El recorrido terminó hace menos de dos metros, y cuando la luz deja ver claramente todos los imperfectos, Rafael continúa solo. Un extraño desnudista que tapaba sus genitales con un calzón estampado con la bandera mexicana, le sonrió. Levantó una cerveza y, la dirigió como una ofrenda a su rostro. 

Rafael tendrá que pagar para tomar un trago con aquel bailarín moreno de aproximadamente 35 años, que no dejaba de mirarlo. No importó, un cobro en la tarjeta, le dio pase directo a la salida al laberinto y gracias al efectivo, acompañado no de un minotauro, sí de un hombre con facciones aztecas. 

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