El salón de los pasos perdidos

Ricardo Balderas

Conforme la habitas, algo en la Ciudad de México te da la impresión de que perdió su condición de animal indómito. Cada vez más condicionados, los nativos de la ciudad más grande del país se dan lugar en conjunto sí, pero divididos por la inmensidad, al típico y dominical crucero entre Avenida de la Revolución y de la Reforma.

El escenario es casi el mismo de cualquier urbe mexicana, concheros y fuentes, la resonancia de las percusiones y las risas de los infantes retiembla en sus centros la tierra. No hay cañones, sí un mausoleo.

El paso del tiempo, que todo lo marchita, se deja ver entre las grietas de los muchos edificios desolados, construcciones millonarias destinadas al abandono y el fracaso. Rodeado de esos cadáveres de concreto, el monumento a la Revolución Mexicana, también conocido en el mundo de la arquitectura celosa como “El salón de los pasos perdidos” revela el culto por la muerte que caracteriza a la “mexicanidad”. 

Los Mexica modernos le cantan a la muerte, la personifican como la Garbancera con los trazos de Posada y le dedicamos un día de festejo que atravesó las más recónditas líneas geopolíticas y culturales. La muerte ahora es un personaje de Walt Disney con el que nos jugaron el más ruin de los chauvinismos. 

Pero hablábamos del monumento… El fracaso de don Porfirio que buscaba construir un mastodóntico edificio de dimensiones equiparables con el Capitolio en Washington, fue frenado por la revolución. Treinta años después de que corriera la sangre de los libertadores, dos arquitectos sugirieron dar fin al fracaso de Porfirio Díaz; Alberto J. Pani –Dicho sea de paso, el arquitecto de los complejos habitacionales de Tlatelolco– y su amigo Carlos Obregón Santacilia –con quien compartió varias obras–, sugirieron concluir el proyecto al entonces presidente Abelardo L. Rodríguez, el último de los interinos constitucionalistas en ocupar la Silla del Águila.

La más reciente remodelación se concretó el 2010 durante el mandato del panista Felipe Calderón. A la festividad en el marco de la Revolución Mexicana, se revivió el rito priista de celebrar en la explanada, pero los únicos tricolores en asistir, fueron el gobernador de Campeche, Jorge Carlos Hurtado, y el ex secretario de Educación Miguel Limón, quien compartió asiento con Fernando González, y Luis Ignacio Sánchez Gómez, cercanos militantes de la líder sindical Elba Esther Gordillo.

Ahora el monumento luce menos solemne, quizás es por los infantes, las familias y las quinceañeras que no saben bien por qué, pero quieren sus fotos de cumpleaños en un panteón.

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