Incompetencia consciente para el TP

Luis Sánchez

A veces, para la ciudadanía en general, el discurso de los derechos humanos puede ser cansado. Hay incluso voces que exclaman «¡ya todo es un derecho hoy en día!». Esto no debe de sorprendernos sino llamarnos a realizar una pedagogía amplia con todos los sectores de la sociedad.

Pongamos un ejemplo contemporáneo: el transporte público. Hace algunos días, la Comisión Estatal de Derechos Humanos de Jalisco emitió una recomendación donde se declara que las llamadas ‘alcancías ladronas’, que no entregan cambio y se quedan con 50 centavos por cada viaje en camión que se paga con efectivo en la AMG, violan los derechos humanos de los usuarios.

Efectivamente, para quien conoce el discurso de los DDHH está claro por qué. Todos tenemos derecho a movernos libremente y a una vida digna. Pero pongamos el ejemplo en otra parte. Digamos que usted, lector, está llenando gasolina en una estación. De repente, la máquina redondea su cobro a la cifra más cercana en automático (digamos, de 90 a 100 pesos). ¿Cómo le llamamos a esto comúnmente? Trampa, robo, truco. Eso es justamente lo que pasan los usuarios de camiones, que son el 70% de la población.

Con derechos hay responsabilidades, claro. Hay tarjetas automáticas ya. Pero para recargarlas hay que ir al Tren Ligero. Llevemos de nuevo este ejemplo. Imagine usted que para poder lavar en su casa tuviera que ir con una cubeta al pozo local más cercano y caminar 1 kilómetro ida y otro vuelta. ¿Cómo podríamos llamarle a eso? Falta de infraestructura, gobierno que no atiende necesidades básicas. ¿Aceptaría usted que le dijeran que es su responsabilidad cargar 20 litros de agua por 2 kilómetros para hacer una cosa tan básica como lavar ropa o bañarse? Seguramente no.

Estos ejemplos nos ayudan a entender por qué son importantes los derechos humanos. Son garantías a las que aspiramos todos. Y cuando se violan los de un grupo de la sociedad, se violan los de toda la sociedad en su conjunto. Pensemos bien en por qué debemos de exigir para los demás lo que queremos para nosotros. Para una familia de 3 personas, el transporte público representa un gasto de casi 200 pesos diarios. Haga usted cuentas si alcanza con un par de salarios 7000 pesos para mantener a una familia con uno o dos hijos.

En psicología, las cuatro etapas de la competencia, o el modelo de aprendizaje de «competencia consciente», se relaciona con los estados psicológicos involucrados en el proceso de progresar de la incompetencia a la competencia en una habilidad. Martin Broadwell describió el modelo como «los cuatro niveles de enseñanza» en febrero de 1969. En la primera etapa, denominada incompetencia inconsciente el individuo no entiende ni sabe cómo hacer algo y no necesariamente reconoce el déficit. Pueden negar la utilidad de la habilidad. El individuo debe reconocer su propia incompetencia y el valor de la nueva habilidad, antes de pasar a la siguiente etapa. El tiempo que un individuo pasa en esta etapa depende de la fuerza del estímulo para aprender.

Debemos exigir de manera conjunta que quien haga uso de su derecho de tener transporte público, no pague de más sin tener certeza de a dónde va ese cobro erróneo extra que ya suma millones de pesos. Exijamos máquinas de recarga de tarjetas en los barrios y plazas. Exijamos para todos, lo que queremos para nosotros: llegar a nuestra casa después del trabajo sin sentir que otra vez, el transporte público es la piedra en el zapato de Guadalajara que lleva más de 20 años arrastrando la cobija. Lo merecemos, es nuestro derecho. Pasemos a una segunda etapa a lo que Broadwell, le denominaba incompetencia consciente, reconocer el déficit, aprender a abordar el déficit. Debemos todos; ser parte integral del proceso de aprendizaje.

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