Mié. Jul 15th, 2020
Alejandro Puerto, foto: Cortesía

Los impuestos y la virtud

Alejandro Puerto

Hay que tener paciencia de campesino para vivir y lograr los cambios en la sociedad. Como la milpa del maíz o las ramas de un árbol frutal, la transformación lleva su ritmo y sus tiempos. A todos nos gustaría acelerar el tiempo para cortar más pronto los frutos de la siembra, sin embargo hay que ser pacientes para conseguir la mejor cosecha. Como en los cultivos ocurre con la política: no se puede cortar antes porque el fruto aún está verde, pero tampoco demasiado tiempo después, porque su maduración ya es más próxima a la descomposición. 

La actitud paciente frente al desarrollo de la historia me parece una virtud que tienen pocas personas. Incluso Maquiavelo lo veía así. Era virtuoso el que demostraba excelencia en la capacidad política, en la potencia de su intelecto. A esto deberíamos agregar la astucia, pero eso será en otra ocasión. 

A este andar pausado pero incesante, me quiero referir para entender la visión de AMLO respecto al cobro de impuestos y la distribución de la riqueza en el país. Creo que López Obrador es, contrario a lo que piensan de él sus detractores, la persona más obsesionada con la recaudación de impuestos y la opinión de técnicos y expertos en varios temas. Como bien lo sabe, para financiar su proyecto de Bienestar a la mexicana, necesita capturar más recursos económicos. Para muchos analistas la vía es fácil y la mencionan a diario: reforma fiscal. En parte estoy de acuerdo, claro que los ricos deben pagar más impuestos. Pero hay algo más de fondo.

Cuando un gobernante escucha una opinión experta, no sólo debe tomar el mejor curso de acción con base en ella; además debe ordenar esa decisión en el tiempo, equilibrando distintas variables. Para todos es obvio que cobrar impuestos a los ricos es la reforma fiscal que la mayoría de países necesitan, pero no es la única estrategia. Como lo ha demostrado AMLO, existe otra opción que en planeación y estrategia se le llama “incrementalista” y es la que explica porqué FEMSA y WallMart han decidido para los impuestos que deben. De manera horizontal, allá en la cúpula del sector empresarial que conjunta a los grandes contribuyentes, se han suprimido los incentivos fiscales, encaminando la estructura fiscal a un esquema de equidad horizontal que genera simpatías entre los empresarios que pagaban sus impuestos de forma regular. 

Como todo lo que tiene que ver con ingreso y riqueza, la pérdida de privilegios confronta al Estado con actores del poder económico. Es más difícil eliminar beneficios que hacer cobros progresivos. No sólo por la resistencia de la cúpula empresarial a cualquier cambio, así sea cosmético, sino porque en México las grandes empresas son también grandes deudoras de impuestos. ¿Serviría cobrar más impuestos si al fina no los van a pagar?

Hacer las cosas así me parece que demuestra conocimiento por parte del Presiente y además sintonía con la opinión pública. Creo que AMLO tiene una lectura muy atinada del poder real en México y entiende que, para implementar cobros progresivos a los grandes capitales, primero hay que ganar legitimidad; una legitimidad no es de tipo electoral, sino sociológica. A diferencia de otros países como el muy neoliberal Chile, en donde existe un consenso entre todos los actores de que los impuestos progresivos deben costear el gasto social, en México ese consenso no existe. En parte por la mala fama que dieron el PRI y el PAN al gasto social, utilizando a los beneficiarios como clientelas electorales y a los programas de apoyo como mero asistencialismo para reproducir la pobreza y la dependencia. 

En México esa legitimidad se debe construir en otro lado. Primero hay que hacer gobernable el país, después mejorar algunas cuestiones estructurales, como la lucha contra la corrupción, y después impulsar el cobro progresivo de impuestos. Si AMLO logra dar certeza de que el dinero recaudado no se irá por el hoyo de la corrupción, entonces la reforma fiscal se vuelve inevitable. Sólo es cuestión de tiempo. 

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