Los mujerujos del Palacio de Aguascalientes

Juan Regalado Ugarte

«Aguascalientes, pedacito de mi tierra de éste mi México tranquilo y valedor. Aguascalientes, donde nace la bohemia, eres la cuna de la fiesta y el amor..» así lo dice el estribillo de la canción «Aguascalientes» de José Alfredo Jiménez y es que es imposible referirnos al estado sin pensar en sus grandes fiestas, su folclore y su inigualable Feria de San Marcos.


Desde hace casi doscientos años, «La feria de ferias» ha sido parte neurálgica de la economía y de la identidad hidrocálidas y es justo en torno a la verbena lo que estaremos hablando. Aguascalientes tiene fama de ser un estado conservador y de moral ultra católica, cosa es verdad en principio de cuentas, sien embargo, como todo estado conservador, tiene otro «yo», una versión más relajada y liberal que sale a relucir durante dicha fiesta. 


Durante la Feria, miles de personas llegan a la ciudad provenientes de distintos rincones del país y del mundo, personas atraídas por la amplia oferta cultural, las corridas de toros, las peleas de gallos y la fiesta que no tiene horario de inicio o de final. En este periodo, la población misma transita a una especia de estado especial en el que todo es válido y a nadie le brinca el escapulario por nada pues lo que pasa en la feria, se queda en la feria.


En esta ocasión, nos vamos a referir a nosotrxs, los jotos, las vestidas y las marimachas, quienes somos parte importante y visible en estas fiestas abrileñas; existe un restaurante de añeja tradición en la ciudad, llamado «Doña Petra», el cual instala una sucursal en el perímetro de la Feria desde hace muchos años y que siempre ha sido conocido porque la mayor parte de sus meseros son hombres homosexuales muy afeminados que interactúan con la clientela a manera divertida «joteando»  mientras atienden a los comensales. Estos meseros son personajes tradicionales dentro de la identidad sanmarqueña a tal grado que en los murales del Palacio de Gobierno de Aguascalientes, obra del chileno Osvaldo Barra Cunningham, específicamente el dedicado a la Feria, tiene retratados a esos famosos meseros, tan glamourosos como la reina, tan históricos como el Jardín de San Marcos.


Con el paso de los años, los jotos y las vestidas hemos ido reclamando -consciente o inconscientemente- nuestro espacio como habitantes de esta ciudad, como partícipes y protagonistas de su famosa feria y como agentes de cambio en una sociedad homofóbica y de doble moral. Cuando caminamos por la Feria (que a diferencia de las otras no es un recinto cerrado, sino una buena parte de la ciudad) siempre nos vamos a encontrar con las vestidas luciendo sus mejores galas y atrayendo miradas de mujeres y hombres, con los jotos bailando y disfrutando de la música y los conciertos, con las machorras de la mano con sus parejas, con los hombres heterosexuales que al calor de las copas y sin inhibiciones sacan a bailar al joto o a la vestida, a las mujeres heterosexuales que van a bailar a las tamboras con su amigo el joto que sí sabe bailar. Esta es la estampa de la periferia lgbt en San Marcos, quienes en otros ámbitos son personajes relegados, en la feria son un personaje más, son parte del pueblo, son compas en la peda.


San Marcos podría tomarse entonces como un espacio en el que se ridiculiza a la población lgbt y este prejuicio tiene su origen en un par de publicaciones alarmistas y amarillistas que siempre se han encargado de mostrarnos, como seres de perversión y vicio, de violencia y peligro, sin embargo, hablando como joto, como maricón de barrio y desde el orgullo periférico y prolertario, me atrevo a decir que esa mezcla social que podemos mirar en la Feria, es en realidad el más puro ejemplo de una utopía igualitaria, donde todas y todos podemos comer, beber, bailar y cantar sin importar nuestra orientación sexual o nuestra identidad sexogenérica.


A la par de esta visibilidad en la fiesta o «el cotorreo», existe también un San Marcos cultural y artístico en el que bailarinas y bailarines, poetas, pintoras y pintores, presentan sus obras, participan en espectáculos y/o reciben premios importantes para las artes a nivel internacional y entre estos personajes también hay lesbianas, gays, bisexuales, travestis, transgénero, transexuales e intersexuales, personajes que se convierten en referentes para la escena artística y que enriquecen la diversidad de la Feria.


Es imposible hablar sobre todo lo que sucede en San Marcos, sobre las historias elegebeteras y sobre la visibilidad histórica y política, así que solo me resta invitarles a vivirla, a cantar y bailar con nosotrxs los jotos, las vestidas y las marimachas, a disfrutar de la fiesta y a contribuir a cambiar la historia, para que este mensaje de igualdad sea replicado y este simbolismo implícito en la Feria llegue a cambiar las piadosas conciencias de nuestras moralinas autoridades azules, porque nosotrxs también somos parte del Estado y de la historia misma, porque no hay feria primorosa, sin la maricona rosa.  

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