Mié. Jul 15th, 2020

Me levanté sangrando

Ricardo Balderas

Entre tanto ruido muchos detalles desaparecen. Lili S. tiene 29 años de edad; mide 1.70; el cabello castaño y rizado; ojos enormes, vestidos con pestañas muy pobladas; es de cuerpo curvilíneo; y si no fuera porque tiene pene, pasaría desapercibida, como cualquier tapatía (chaparrita y de ojo grande). Ella es la primera mujer de género que en su casa salió abiertamente del clóset. Millenial, migrante y transexual. Gusta por salir a bares y ver hombres homosexuales vestidos de vaqueros. Si tiene suerte, terminará lamiendo los bigotes de alguno antes de que el Sol salga.

Una noche…

Una noche como todas. El primer rito dice: enciende la computadora, sintoniza Youtube y consulta a maquillistas internacionales, pide consejos, navega, interactúa con ellos, ella lo hace todo y lo hace en varios idiomas; después viene la cerveza, invita a un par de amigos “el precopeo”, le dicen. Esa noche, sólo llegó Judith. Acompañadas, salieron al Condado, un country bar ubicado en el corazón de la Ciudad, en Barrio de las Nueves Esquinas, que durante el siglo 20 que lo vio nacer, dedicaba su comercio a la fabricación de tequila. La principal clientela del lugar son hombres de mediana edad, amantes del western look; sombreros; botas; cintos piteados, muy ad-hoc sus orígenes en el siglo pasado.

Las dos siguieron bebiendo hasta las 6:00 am, y les cerraron el bar. Disconformes con el tiempo y con el alcohol, caminaron, buscaban otro bar. En el camino Judith conoció a un joven que dijo las acompañaría hasta donde pudieran seguir la fiesta.

—Voy al baño del Condado —dijo Lili—.

—¿Te acompaño? —respondió Judith.

No hizo falta, Lili comenzó a caminar de regreso al Condado, pero a pocas cuadras la ebriedad le disminuyó el sentido de la orientación y decidió regresar a pedir ayuda: estaba perdida.

Un golpe en seco hizo que la sangre corriera por la ropa de Lili, quien sin haber logrado encontrar a su amiga había perdido el conocimiento. Perdió tres dientes, maquillaje y también le habían robado el celular. Se quedó sola.

—Ya casi sale el sol —le dijeron—.

—Me golpearon y asaltaron —respondió—.

Mientras intentaba detener una patrulla, el interlocutor la ayudaba a levantarse.

—Traes drogas —le preguntó un oficial—.

—No —respondió—.

Lindos tatuajes…

No hubo ayuda alguna, sólo la mano del que la ayudó a levantarse después del golpe, y Lili se aferró a ella. Después de cuatro litros de cerveza, a las seis de la mañana y de haber recibido un golpe en la cabeza con un objeto de metal, Lili no quiso profundizar en detalles, le pidió ayuda y sin preguntar el nombre, se subieron a un taxi con destino a su casa.

—Parezco Carmen Campuzano —bromeó—.

Abordo del taxi, el tipo comenzó a tocarla, besos, mano, culo, la verga más grande que ella hubiera visto antes. Llegaron a casa, y Lili, con cuidado de no manchar los muebles con la sangre que seguía fresca, se la chupó en el sillón del recibidor. Pasaron a su habitación, le quitó la camisa.

—Lindos tatuajes —dijo Lili—.

Él sólo sonrió. La penetró en la cama, y la dejó dormir.

Al día siguiente, ella todavía tenía sangre y maquillaje en el rostro y la ropa; tuvo que tirar algunas sábanas y se fue a trabajar. Del tipo no supo nada, no dejó teléfono o algún dato. Él, sólo se sintió con el derecho de tomar una mochila de Lili para robar su computadora, una cámara fotográfica y un DVD. Ella no se arrepiente.

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