Alejandro Puerto, foto: Cortesía

¿Qué hacer con el INE?

Alejandro Puerto

Hace mucho que la institución encargada del arbitraje electoral inició su espiral de destrucción. No requirió de mucho para hacerlo en tan corto tiempo, sólo romper el sigilo de su encomienda esencial tomando partido por algún bando en disputa, asumiéndose como un partido más del sistema electoral capitaneado por Lorenzo Córdova y su vocero oficioso Ciro Murayama. 

Desde antes existía un cuestionamiento permanente a la funcionalidad del INE y a su rol como árbitro electoral: no sólo se le señalaba por participar en el fraude del 2006, sino también por su omisión frente a la compra de votos en la elección constitucional del 2012 -el caso MONEX- y por su prodigalidad hacia los partidos políticos y sus candidatos cuando se trata de aplicar sanciones ejemplares.

Ha sido el primero en tolerar vaciladas a la normatividad electoral y siempre se ha prestado al juego de tolerar cambios cosméticos que duran en el tintero un par de meses a la espera de ser violados en el primer proceso electoral. 

Hoy sin embargo han asumido un papel distinto, más participativo y repleto de elocuentes pronunciamientos políticos. Lo han entendido bien los integrantes de los partidos del viejo régimen, por eso se han agrupado atrás de él. En comparación con ellos, la batalla que está dando el INE por conservar sus privilegios, es una cátedra de expertos. Con la vara de la certeza electoral y la zanahoria de su autonomía como órgano constitucional, el INE ha retenido salarios más altos que el del presidente de la República, seguro médico privado, prima de retiro y otras prebendas. 

AMLO Y EL INE

Quizás sea la suma de su poca confiabilidad y su vida lujosa lo que genera tantos desencuentros entre AMLO y el INE. Hoy por hoy, si escarbamos en los discursos de AMLO para conceptualizar la Cuarta Transformación, el INE será todo eso que la 4T intenta combatir: fueros, privilegios, corrupción, fraude, lujos, riqueza, aristocracia (no olvidemos que el Consejero Murayama se identifica a sí mismo como un “iluminado de izquierda”) e hipocresía, esta última una batalla de tipo moral que invita a los conservadores disfrazados de liberales a asumirse como tales.

Basta con ver la lista de defensores del INE para sospechar que algo raro ocurre con su defensa. Para los ideólogos de la transición (según) a la democracia, el Instituto es patrimonio propio; para otros, los políticos en desgracia por el descalabro electoral o el regreso de Lozoya a México, el INE es la última posición, la última casamata, para resistir o vencer. No lo reconocen, pero quiene un Instituto a su medida para imponer su criterio en el arbitraje electoral en la elección del 2021 y la revocación de mandato del 2022. Apuestan por la única fórmula efectiva que conocen para derrotar a AMLO: el fraude. 

Es cuestionable el papel del INE, pero el rumbo que ha tomado le impondrá una inercia que terminará con su extinción. Por eso debemos ir pensando en que autoridad electoral requiere la nueva realidad mexicana en la que el fraude ya se considera delito grave y los flujos de dinero en efectivo son cada vez más fáciles de detectar. Desde siempre el INE fue una anomalía, un aparato imponente para organizar procesos que en otros países son instrumentados por la secretaría a cargo de la política interior. No hay que asustarnos por explorar todos los modelos a disposición. El problema en países como México no es sólo la autoridad electoral parcial, sino la justicia. Más que tener un sistema electoral basado en la desconfianza, necesitamos un sistema de impartición de justicia que sí funcione y que ponga en prisión a quien rompa las reglas del juego. 

Lo que ocurre con el INE no ocurre con ninguna otra institución mexicana. Los señalamientos le pesan en lo hondo de sus procedimientos extenuantes. Su reputación divide a México en dos: quienes creen que ha funcionado y quienes cree que ha convalidado ilegalidades y ahí radica el problema principal: Si una parte importante de la sociedad cree que hubo fraude y otra parte lo duda, eso indica que la tarea del INE no fue bien realizada. Dar certeza es una de las funciones primordiales de las instituciones. 

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