Alejandro Puerto, foto: Cortesía

Transformación nacional y órdenes locales

Alejandro Puerto

Anteriormente propuse una hipótesis del desenlace final que puede resultar de la confrontación de dos visiones que buscan reparar la normalidad que el coronavirus destruyó. Concluí que, actualmente, dos formulas disputan la salida a esto: la que apuesta a la coerción, encabezada por gobernadores opuestos al partido de AMLO, y la que apuesta por el bienestar, encabezada por el Presidente de la República, que busca construir un sistema de salud más robusto para el futuro. Esta vez no propongo una hipótesis; más bien deslizo tareas que considero esenciales para construir una nueva normalidad con libertad y bienestar.

Aún es temprano para extraer conclusiones definitivas sobre el proyecto de la Cuarta Transformación. La única por la que apuesto, deriva de su triunfo y algunos trazos generales de su ejercicio en el gobierno. Si algo podemos asumir con la resistencia de ciertos gobernadores a las políticas insignia de López Obrador, como la no represión, la austeridad y el prominente gasto social, es que los órdenes locales serán más difíciles de democratizar. No es tarea del Presidente hacerlo, sino del pueblo movilizado que simpatiza con él y le rodea.

A diferencia de lo que ocurre en Palacio Federal, en donde el gasto público y la racionalidad gubernamental se volcaron en servir a los millones de pobres que el neoliberalismo generó, en el resto del país la lógica ha sido distinta. No sólo perviven prácticas asociadas a los excesos del presidencialismo; han surgido nuevos vicios producto de la aspiración permanente al poder. En estados como Jalisco, Michoacán y Tamaulipas, se ha reprimido a estudiantes por protestar contra el encarecimiento del transporte público, se ha endeudado a los trabajadores para rescatar a los empresarios y se ha perseguido a ambientalistas y defensores del territorio para proteger la inversión privada. En otros, como en Guanajuato, se sigue castigando a las mujeres por tomar decisiones sobre su propio cuerpo. 

Transformar esas realidades requiere un trabajo disciplinado de organización y política. Si tuviera que esbozar la organización ideal, diría que el instrumento disponible más efectivo es el que construyó López Obrador para llegar a la Presidencia en el 2018. Con sus altas y bajas, se trata del partido preponderante en México. Creo, sin embargo, que este partido ha divorciado sus intereses internos de los problemas del país. Conseguido el triunfo, se ha enfocado más en preservar inalterable la composición de su cúpula, que en ser un espacio abierto para la participación. 

Ocurre con morena lo mismo que ocurrió con el kirchnerismo en Argentina con el triunfo de Cristina Fernández: al ganar de forma abrumadora, obteniendo la mayoría en ambas cámaras, el lopezobradorismo organizado en torno al partido, se asumió como mayoría electoral y dejó de actuar como hegemonía política. Este desacierto táctico ha comprometido la viabilidad del proyecto de Gobierno de AMLO, pues ha dejado recaer sobre él las posibilidades de continuidad. Para sortear esta realidad, es importante que el partido asuma que hacer política es ordenar decisiones en el tiempo y los tiempos presentes exigen no enrocarse en ideologías (esto no quiere decir que no se deba tener una) y transversalizar más nuestras posiciones interpelando a la gente común para tender puentes con el diferente y romper barreras sociales y geográficas. No temer al diferente implica de por medio confiar en la capacidad del partido para cambiar las conductas de sus agremiados. 

Hay que dejar de lado las pruebas de linaje para pertenecer a morena y recuperar nuestra vocación hegemónica. Lo pienso así porque creo que hay cuestiones sumamente relevantes que sólo un gobierno transformador puede encarar y que han sido trivializadas -a nivel global- por el liberalismo salvaje de Trump y Bolsonaro y a nivel local por casi todos los gobernadores. Me refiero a la cuestión ecológica, al feminismo, al machismo y la violencia en todas sus vertientes. Son problemas serios y estoy convencido que sólo con mucha voluntad de articulación de posturas distintas que coincidan en lo esencial, podemos darle una respuesta seria. Urge hacerlo porque estamos lidiando solos con un aparato estatal putrefacto que no dará respuestas concretas en el corto plazo a estos problemas. 

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