Mié. Jul 15th, 2020
Alejandro Puerto, foto: Cortesía

Violencia policial, los sótanos del poder y la oligarquía jalisciense

Alejandro Puerto

No hay excusa que valga para justificar la violencia. De ningún tipo ni en ninguna parte. Pero hay que intentar comprender sus razones. Hay tres elementos que explican la violencia policial en Jalisco y que unos son consecuencia de otros pero sólo tienen una explicación.

Si a alguien le cayó como “anillo al dedo” la llegada del COVID19 a Jalisco, fue al gobernador Enrique Alfaro Ramírez. Llegó en el que era su peor momento de popularidad, cuando sólo 3 de cada 10 jaliscienses aprobaban su gestión. Hábil para la escenificación del desastre y la reconstrucción, Alfaro aprovechó esta crisis para intentar recuperar un poco de la simpatía de sus gobernados. 

A la par de la estrategia sanitaria del Gobierno Federal para combatir el virus, Alfaro anunció la “Estrategia Jalisco”, denominando así a una serie de medidas erráticas, improvisadas y sin sustento científico, entre las que se incluye el polémico decreto del 19 de abril que prohibía salir a la calle sin tapabocas y que costó la vida a Giovanni López. 

Este decreto es la materialización perfecta de la irracionalidad alfarista. Buscando polemizar con Hugo López-Gatell, para quien las medidas sanitarias tienen que concentrarse en espacios públicos y espacios de trabajo y no en las personas para evitar violaciones a derechos humanos, el gobernador emitió sus propias normas para arañar unos puntos más de popularidad, intentando, sin lograrlo, entrar en polémica con el subsecretario de Salud. 

Como consecuencia de este decreto se realizaron diferentes detenciones que llamaron la atención a nivel nacional e internacional. La más grave de ellas, fue la que culminó con el asesinato de Giovanni López el 05 de marzo, de acuerdo al testimonio de su hermano y que el Gobernador mantuvo oculta más de un mes hasta que fue dada a conocer por medios de comunicación internacionales. Con un ambiente de hartazgo por la violencia policial racial y clasista generado por el asesinato de George Floyd, los ciudadanos se lanzaron a la calle exigiendo justicia para Giovanni y su familia. La respuesta de Alfaro no se hizo esperar: a una petición de alto a la violencia policial, se respondió con más violencia policial. Era el preámbulo de la nueva novela de Héctor Aguilar Camín y de la que Enrique Alfaro es el protagonista. 

Hay dos elementos del discurso que revisten el actuar de Enrique Alfaro, mismos que me permiten deslizar la hipótesis de que Aguilar Camín, férreo odiador de AMLO y destacado amante de los privilegios del poder, está de cerca hablando al oído al Gobernador del garrote. Uno, es su tono impostado de valentía. Me recuerda mucho al análisis meticuloso que hiciera el novelista acerca de la oligarquía sonorense y como esta, tan refinada, de vanguardia y aburguesada en las buenas formas de la novela rosa de finales del siglo XIX, había logrado hacerse de la Silla del Aguila después de un largo andar pavimentado de sangre, traiciones y una gran capacidad para hacer cálculos políticos de gran calado. 

Creo que Aguilar Camín pudo fantasear que la oligarquía jalisciense con Alfaro a la cabeza podía emular la proeza de Calles y Obregón, pero el jalisciense no es como ninguno de ellos y nuestra oligarquía es más simplona: se conforma con los pocos pesos que se puedan ahorrar en impuestos y con los pocos centavos que puedan capturar aprovechando la ventaja de ser amigos del gobernador en turno, y a partir de ahí, hacer negocios. No son innovadores ni saben asumir riesgos; sólo disfrutan el amparo del poder. Además con mal capitán no llegarían lejos. Alfaro, en cuanto a calculo político se refiere, sigue siendo un político con alcances limitados y sus corazonadas responden más a la inmediatez de sus necedades que a una realidad localista. Le falta el largo andar y la experiencia de Obregón para comenzar a pensar en él como un aspirante serio o a la altura de las necesidades de la nacion. 

El otro elemento es la referencia santurrona a las conspiraciones secretas. A esas que según varios, se urden desde los “sótanos de poder”. La referencia en sí es de Galio Bermúdez, el jefe de asesores de la Secretaría de Gobernación en una de sus mejores novelas. Es claro que si Alfaro no leyó la obra, alguien le propuso esa línea discursiva. A juzgar por las reacciones de Aguilar Camín cada que en México un cambio es posible, así sea cosmético; reacciones que lo pintan como un cura hiperventilando al ver a dos personas del mismo sexo besarse, creo que él se la recomendó. Es la analogía perfecta: exagerada, lúgubre, victimizante y autocompasiva, pero que a la vez se necesita valentía para señalarla. Empata perfecto con un intento de político de oposición, de contraste al presidente, pero que parte de una mentira. Gobernación ya no tiene el poder que tenía antes. Ahora los sótanos del poder están en los estados; esos lugares ajenos a la comprensión ciudadana en donde los cacicazgos, el narcotráfico y la vida de lujos de sus gobrnadores en inaprensible. Ahora los sotanos del poder es dónde se firman los cheques para el Enrique Krauze compare a Alfaro con Mariano Otero. 

Todo tiene una razón de ser. Aunque reconozco que es aventurado suponerlo, si Aguilar Camín dio un paso al frente, ahora ya resulta útil. Alfaro decidió hacer uso de la violencia. Alfaro rompió el orden democrático, no violento y con autoridad legitima que teníamos. En su lugar instaló un régimen de terror y desapariciones. Todo junto se llama perdida de legitimidad y ahí ni Krauze ni Aguilar Camín le pueden decretar una solución.

1 thought on “Violencia policial, los sótanos del poder y la oligarquía jalisciense

  1. Será positivo encontrar la similitud de los protagonistas que nos dejaron saber tanta barbaridad cometida en gobernacion para estar atentos en nuestros Estados y promoverlo.
    Saludos.

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