julio 18, 2024

El hubiera que existe

El hubiera no sólo apunta a un horizonte inconcluso, también de él emerge, diálecticamente, el debiera.

Samuel Rosado-Zaidi

¿Cuántas veces se nos ha respondido ante un anhelo extraviado que el hubiera no existe? En efecto, los detractores del hubiera no están equivocados al señalar que hay una inexistencia del hubiera, en tanto que aquello que esperábamos que fuera, no pudo ser. No obstante, quienes absolutizan la inexistencia del hubiera cometen un error que transforma el hubiera en olvido, por lo que tampoco podría existir como algo que nombramos ‘hubiera’.

Pero aferrarse al hubiera no sólo ocurre en las tragedias de los desamores, también es un pilar del mundo de la utopía; el mundo del anhelo. No se trata de un mundo de las ideas cuya existencia sólo es revelada apartir de cierta erudición y contemplación, sino de algo que se construye prácticamente, en nuestro interactuar diario, en nuestras relaciones humanas.

Sartre categoriza el pretérito pluscuamperfecto, el hubiera, como una posibilidad futura consumada como una posibilidad que vivimos en un momento, pero que ya no es posible en este momento. Existe en el pasado como un apuntar hacia un horizonte inconcluso. Tan existe ese hubiera que tangiblemente deseamos o repudiamos su conclusión y lo tematizamos en la música, el cine y otras artes. Nos permite hablar de nuestros arrepentimientos y alivios. ¿Acaso no nos remiten a nuestras propias tragedias las melodías de Juan Gabriel o Pedro Infante?; ¿o Pink Floyd no nos hizo recordar el pasar de la vida en su álbum Dark Side of the Moon? Es más,el hubiera también nos recuerda asumir las decisiones de nuestros actos: no hay nada más definitivo que nuestros actos pasados, pero nada más liberador que ver un mundo posible hacia adelante.

Un mundo posible sólo puede ocurrir en medio de un dialogar humano, de un proceso que humaniza nuestras posibilidades a partir de nuestra experiencia propiamente humana. Nos comunicamos nuestras posibilidades individuales y colectivas; las hemos estudiado, segmentado y hasta tecnificado en el mundo de la ciencia. Tal es el caso que podemos vislumbrar próximo el colapso civilizatorio en tanto emerge un ‘hubiera’ apuntando a la inacción de los gobiernos y la burguesía a responder con mayor urgencia a los llamados de comunidades originarias, luchas campesinas y urbanas de prevenir el cambio climático.

El hubiera no sólo apunta a un horizonte inconcluso, también de él emerge, diálecticamente, el debiera. Esto no debiera de ser, es la fuente de toda indignación; y en tanto debiera ser de otro modo se nos aparece igual un hubiera, en tanto que extendemos nuestro juicio del deber a los eventos consumados y cristalizados en el pasado. Ni el hubiera ni el debiera garantizan que exista un mundo con nuevas posibilidades dado que ninguna de las dos existe propiamente como hemos destacado. ¿No conocemos o hemos sido aquella persona que ha jurado ser diferente, que debiera actuar en consecuencia y que hubiera actuado distinto sin que jamás cruce el umbral de ser diferente o de tomar la decisión de cambiar?

Un compromiso en el hubiera y el debiera es una petrificación de una indecisión. Debí haberle hablado; lo hubiera hecho distinto; lo debería hacer distinto. Mientras, lo que mostramos a nuestros congéneres es una decisión que jamás llega, una indefinición, tal es el camino de una tragedia decidida. ¿Por qué nunca decidió? ¿Por qué nunca le dejó? Debió intentarlo. Dice Wittgenstein que hay cosas que no se pueden decir, sólo se pueden mostrar como en el caso de la congruencia. En términos de la filosofía de Hegel, la congruencia es cuando el mundo interior, donde se ubican el hubiera y el debiera, es consistente con el mundo exterior, con nuestros actos y relaciones humanas.

No existe mundo interior sin exterior y viceversa. No podemos pensar en una posibilidad fuera de la realidad humana, por más absurda que pueda presentarse como un extraterrestre, mi posibilidad de emprender vuelo con nada más que mi cuerpo desnudo y desplomarme como Ícaro. Todas son posibilidades de un mundo humano. Kant bien señaló que los imperativos categóricos, el deber ser, presentes en la moral y la ética trascienden la individualidad; se comparten y transmiten como valores, conductas, aspiraciones, etc. Aunque se pueda afirmar un principio personal, este existe en el contexto de principios contrapuestos, afines o encontrados en el que nos comportamos acordemente, comunicamos al mundo que actuamos en congruencia a un principio y, por lo tanto, trascendemos la individualidad.

Pero, ¿el hubiera tiene trascendencia fuera de la individualidad? Como hemos destacado, tan lo tiene que el propio concepto del hubiera así como el hubiera como tal son motivo de muchas obras de arte que nos remiten a nuestros hubieras. Es más, podemos compartir un hubiera. Señalaba Kierkegaard en su obra de la angustia que somos arrojados al mundo como sujetos con historia cuya libertad consiste en la posibilidad de la posibilidad. Es decir, que la posibilidad misma fuera posible. No obstante, una vez posible en abstracto, ¿cómo es que podemos pensar que sea posible en concreto, como que sea posible el comunismo o la aspiración anárquica de la autonomía?

Por más doloroso que sea para los detractores de Andrés Manuel López Obrador, no pueden negar que fue un hubiera el que mantuvo la esperanza de quienes anhelaban que llegara a la Presidencia de la República. Si no le hubieran robado la elección, la historia sería otra; debería ser presidente. ¿Pero cómo se posibiliza la posibilidad? No es únicamente un ejercicio mental; Schelling afirmaba que el yo soy es una proposición superior al yo pienso dado que del yo soy emanan las posibilidades que me aferran a qué puedo ser y, por lo tanto, al mundo de lo posible, a la libertad. Por lo que necesitamos remitirnos a quiénes somos en tanto sujetos de posibilidad e historia, pues el ser, según Sartre, es lo más concreto de todo, eso que soy es mi pasado, presente y futuro.

Pero quien puedo ser depende de lo que podemos ser colectivamente, no podría pensarme volando del otro lado del Océano Atlántico sin una aeronave como la que ahora es posible. Ver nuestras posibilidades hoy, en el presente, da colores nuevos al pasado, lo actualiza en tanto que pasado, pero con nuevas posibilidades consumadas como hubieras: todo lo que no fue pero que somos ahora. Si hubiera existido el avión en 1600.

Lo que ahora somos, aunque lleno de posibilidades, se nutre a partir de la diversidad de seres, tanto presentes como pasados. Por eso el capital necesita aniquilar la diversidad, para que sólo la forma de ser burgués sea totalmente libre. Un despojo, de esta naturaleza, puede ser comprendido con la destrucción de un cerro sagrado en una comunidad originaria. Sus posibilidades en torno al cerro son exterminadas al desaparecer el cerro por una mina a cielo abierto. Puede incluso aniquilar la belleza como relación social, lo que nos conduce al nihilismo. Si no hay nada bello para lo cual luchar, ¿para qué lucho?

Rehusarse a olvidar, trae al presente un esfuerzo por sostener algo que un grupo de personas consideran digno de memoria. Pero como memoria únicamente conduce a la indefinición del hubiera y debiera, como materia contemplativa en un libro de texto, en una historia de nuestras abuelas y abuelos. El diálogo humano, intergeneracional, nos ata a una identidad, a una forma de ser y a las posibilidades del mundo en el que vivimos; por lo que exige un acto de congruencia, como no dejar de hablar la maya, seguir practicando la milpa, luchar por el bienestar colectivo, identificarse como y en una comunidad o conducirse por principios, algunos intergeneracionales.

Aunque ya no son mis posibilidades aquellas posibilidades de la lucha estudiantil en 1968, las conquistas que hubieran logrado de haberse consumado las posibilidades que esperaban, son conquistas que aun suscribimos. Por eso “el 2 de octubre no se olvida”. Estas posibilidades inconclusas, en la forma de hubieras, son sueños que no se olvidan, principios intergeneracionales, tomas de postura.

Estos hubieras nos impulsan a vernos de cierta manera como posibilidad, nos invitan a actuar y nos abren el horizonte del podría. Aunque ya no estamos en 1968, aun peleamos por la educación popular, gratuita y laica, porque podría serlo en todo el país. Por eso, “Zapata vive y la lucha sigue”, aunque no estemos en la revolución, todavía puede revolucionar. Un hubiera transformado en podría nos abre la puerta a la esperanza, nos aterriza el ideal, lo apunta a un mundo de relaciones humanas.

Decía Spinoza que tanto el miedo como la esperanza provienen de la incertidumbre, son conductas hacia lo incierto; pero no hay miedo sin esperanza ni esperanza sin miedo. En tanto aguardamos aquello que esperamos, también tememos que no se cumpla. Spinoza veía en esta unión de contrarios una forma de trascender, la certeza. No obstante, la certeza Spinoziana está reducida a la racionalidad, que claro que produce certezas; pero la certeza de tomar una acción, no importa cuan peligrosa, proviene de un origen distinto: el amor.

Hasta los antiguos griegos vieron en el amor un acto de creación originaria, un acto de unión. La comunidad, en ese sentido, es un acto de amor que produce posibilidades, que hace posible el podría. ¿Acaso no nos sentimos más capaces cuando estamos respaldados por un conjunto de personas o como parte de un movimiento? ¿o cuando nuestra lucha es ancestral, es decir parte de una comunidad histórica? Con la comunidad, no tenemos la certeza de que se consumará a nuestro favor algo que esperamos, pero sí de que no vamos a esperar solos, que juntas podríamos.

A su vez, el podría abre el horizonte de posibilidades nuevas. No hay nada más poderoso – entendido como la voluntad de hacer – que una posibilidad colectiva, que un sueño coletivizado. De ella emergen nuevas posibilidades. Por eso, toda lucha social necesita a sus abuelos y a sus infancias, se necesita comunicar la sabiduría, las historias, las razones por las cuales luchar y existir; necesita de las artes para recordar lo que aspiramos como utopía; y necesita de esperanza. El amor como certeza permite la trascendencia de un sueño de una generación a otra. Este compromiso con el otro es lo que filósofos han estudiado como la amistad, koinonía (comunidad) y lo que pueblos enteros practican a diario.

Como tal, la amistad implica una toma de postura. En lo más básico, la amistad es un reflejarse hacia sí mismo; es decir, me veo en otra persona por aquello que también soy, pero que de igual manera no soy por el simple hecho de no ser esa persona. No obstante, aquel reflejarse pertenece a un mundo interior que no se consuma en su exterioridad. La amistad, como relación, requiere fijar en el otro una finalidad que nos compromete a perseguir dicha amistad. Para Aristóteles, la amistad como virtud exige que la o las personas se conviertan en fines en sí mismos. En otras palabras, perseguimos la amistad por el simple hecho de que es esa o aquella persona o grupo.

Al conducirnos en congruencia, trascendemos el mundo interior al mundo de las relaciones prácticas. ¿Cuántas luchas no han comenzado por el amor de una comunidad a las generaciones jóvenes o porvenir? ¿Cuántas no nos hemos visto impulsadas a actuar por compasión y compromiso con otras personas? No es posible reducir el compromiso a ideales abstractos, su trascendencia como ideal sólo puede ser llevada a cabo en nuestras relaciones sociales con los otros, la naturaleza, etc. De lo contrario, un ideal es simplemente una indefinición, una ausencia de postura; una simple negación, sin nunca afirmarse como principio, algo que se enuncia y nunca se muestra.

Por ello, el amor como trascendencia nos retorna a la esperanza, en tanto que esperamos juntas, nos esperanzamos porque las posibilidades abiertas en lo colectivo rebasan las posibilidades de mi aparente individualidad; una individualidad, por cierto, que carece de realidad, dado que jamás podría existir sin un mundo humano producido colectivamente por la humanidad misma. Sin embargo, esto no aniquila la capacidad individual de oponerse o de expresarse de cierta manera auténtica y original. Cada generación mantiene el derecho de reivindicar y apropiarse de un sueño, de un hubiera de una generación que ya no es presente. No queremos practicar el comunismo de los partidos de antaño que sostenían que la homosexualidad era una aberración digna de encarcelamiento; no reivindicamos el feminismo transfóbico y excluyente; no creemos en la meritocracia académica como fuente de la sabiduría. Qué y cómo practicamos los ideales de otras generaciones es parte del diálogo intergeneracional. No son trascendidos absolutamente porque incluso de ahí proviene la crítica hacia ellos, nos apuntan hacia atrás pero, asimismo, nos conducen a un horizonte en el que cada instante es un punto de partida nuevo inscrito en un mar de diálogos, controversias y acuerdos.

Abandonar todos los ideales, sin embargo, también implica abandonar los sueños de otras generaciones; permanecen ahí como objeto de estudio y contemplación. Nada más trágico que no ver en el pasado de la humanidad ninguna virtud o sueño digno de ser traído al presente, apropiado por las generaciones vivas. La indefinición permanente en el debiera y el hubiera nos condenan a mirar pasivamente cómo la despiadada ola del pasar del tiempo, como la llamaba Edgar Allan Poe, se lleva los momentos de la vida como granos de arena escabulléndose entre los dedos al intentar aferrarse a ellos.

Compartir un sueño es arrojarse hacia la comunidad, esperando que sea cobijado. Implica un arrojarse al vacío para ser recibido en una comunidad que abrace, un acto de amor que posibiliza el sueño, en su forma de hubiera, como algo que podría ser. Es gracias a la sabiduría de las personas mayores de la Coordinadora por un Atoyac con Vida que las infancias abrazan el sueño de un río limpio, sano y bello; pero también es gracias a estas nuevas generaciones que abrazan el sueño que no es tan sólo un simple hubiera de las personas mayores, continúa siendo algo que podría ser.

Nada más trágico que la moral capitalista de abandonar a nuestras abuelas y abuelos, aislar a las infancias y someter a la clase trabajadora al tormento del trabajo asalariado y monótono que no garantiza más que regresar al día siguiente a trabajar para el mismo u otro patrón. Debería ser de otro modo, hubiera disfrutado mi vida. El simple hecho de pelear por algo distinto ya es un logro contra el capitalismo, implica una toma de postura que afirma un principio, lo realiza. Qué mejor que ese principio sea bello y colectivo, que incluya a la comunidad sexodiversa, neurodivergente, a los adultos mayores y las infancias, los pueblos originarios y las luchas urbanas. En otro ensayo esbozaremos la finalidad ético-estética del marxismo, por hoy, esta reflexión ha sido expuesta más no agotada.